Nuestra Historia Colegial

La historia de nuestro colegio no comienza solo con fechas ni con nombres propios. En el corazón del Valle de Buelna, cuando la tierra aún olía a hierba y a establo y el hierro comenzaba a oler a progreso, alguien comprendió que el verdadero motor del cambio no estaría en las forjas, sino en las aulas.

Entre el verde de los prados y el rojo incandescente del metal, nació una alianza improbable y poderosa: trabajo, tiza y mucha fe, mezclado todo ellos con una visión, acero y mucho coraje. Esta es la crónica de esa apuesta audaz. La de quienes creyeron que educar no era solo enseñar un oficio, sino encender una vocación; no solo formar manos expertas, sino conciencias firmes.

Abramos, pues, la puerta de aquella primera clase. Escuchemos el eco de los pasos que llegaron en tren una mañana de noviembre. Porque entender de dónde venimos es, quizá, la manera más honesta de descubrir hacia dónde seguimos caminando.

Nuestra historia colegial · Ruta de estaciones
Modo archivo

Un recorrido por el valle,
la educación y el legado.

Desliza y recorre cada estación. Las imágenes aparecen en columna con transición cinematográfica y la línea de ruta progresa con una “locomotora” que avanza al ritmo del scroll.

El Valle de los Corrales y el Aroma del Progreso — imagen 1
Capítulo 1 · Finales del s. XIX
ESTACIÓN 1 Finales del s. XIX

El Valle de los Corrales y el Aroma del Progreso

Capítulo 1

A finales del siglo XIX, el Valle de Buelna era un tapiz de verdes intensos, donde el aire olía a hierba recién cortada y a ganado. La villa de Los Corrales, situada a unos 40 kilómetros de Santander, mantenía un ritmo marcado por la agricultura y la ganadería, con pequeñas aldeas como Barros, San Mateo y Somahoz orbitando a su alrededor. Sin embargo, el silencio bucólico comenzaba a quebrarse por el eco metálico de la industria naciente: las "Forjas de Buelna", fundadas por José María Quijano, anunciaban una transformación sin retorno. En este escenario de transición, la fe y la educación buscaban su lugar. Bajo el impulso del obispo Vicente Calvo y Valero, las escuelas de los Hermanos de las Escuelas Cristianas habían comenzado a brotar por la geografía cántabra: Isla, Cóbreces, Castro Urdiales.... Pero en Los Corrales, el impulso definitivo vendría de una mujer de profunda piedad y visión: Doña Felisa Campuzano. Ella deseaba dejar a su pueblo un recuerdo imperecedero, un lugar donde los niños no solo aprendieran a ganarse el pan, sino también a nutrir sus almas con la doctrina cristiana.

Los Tres Pioneros y la Dama de La Rasilla — imagen 1
Capítulo 2 · 1890
ESTACIÓN 2 1890

Los Tres Pioneros y la Dama de La Rasilla

Capítulo 2

Doña Felisa Campuzano era una mujer de porte distinguido y corazón generoso, habitante de la Casa Palacio de La Rasilla. Tras enviudar de Domingo Díaz de Bustamante, quien amasó una fortuna en Cuba, dedicó sus esfuerzos a la beneficencia. Siguiendo el ejemplo del Conde de Torreanaz, solicitó al Hermano Justino María tres religiosos para regentar su nueva escuela. El 13 de noviembre de 1890, el cielo de Cantabria alternaba la lluvia torrencial con destellos de un sol de verano de San Martín. Tres hombres descendieron en la estación de tren, procedentes de Cóbreces: el Hermano Jules de Jésus, director francés de mirada bondadosa; el Hermano Lamberto y el Hermano Domingo. El pueblo los recibió en masa, con el Ayuntamiento a la cabeza y un repique de campanas que celebraba la llegada de la enseñanza lasaliana. El 17 de noviembre, en un local adquirido al Ayuntamiento por Doña Felisa, el Colegio del Sagrado Corazón de Jesús abrió sus puertas a sus primeros 45 alumnos.

El Hermano Jules de Jésus, primer director del Colegio del Sagrado Corazón era la viva imagen de la determinación mansa. Francés de nacimiento, poseía un rostro enjuto, pero de rasgos nobles, donde unos ojos grises, profundos y serenos, reflejaban una paz interior inquebrantable. Su tez, curtida por los vientos de los valles cántabros y el sol de su juventud, contrastaba con la blancura inmaculada de su rabat (el cuello blanco lasaliano) y el negro riguroso de su sotana. No era un hombre de gran estatura, pero su presencia llenaba cualquier estancia; irradiaba una autoridad natural basada en la humildad y el servicio, no en el mando. Su voz, suave pero firme, transmitía una convicción profunda, capaz de calmar a los niños más inquietos o de convencer a los industriales más pragmáticos sobre la importancia de la educación cristiana.

Frente a él, la figura de Doña Felisa Campuzano, la benefactora, representaba la aristocracia del espíritu. De porte distinguido y elegancia sobria, siempre vestida de riguroso luto tras su viudez, Doña Felisa poseía una mirada inteligente y bondadosa. Su determinación era de acero, pero su trato, siempre exquisito, denotaba una profunda piedad y un compromiso inquebrantable con su pueblo. Ella veía en los Hermanos no solo maestros, sino guardianes de la fe y la moral de las futuras generaciones. Esta alianza entre la dama de La Rasilla y el religioso francés forjaría el destino del colegio.

Los Tres Pioneros y la Dama de La Rasilla — imagen 2
Entre Forjas y Pupitres — imagen 1
Capítulo 3 · 1900–1933
ESTACIÓN 3 1900–1933

Entre Forjas y Pupitres

Capítulo 3

Los primeros años del Colegio del Sagrado Corazón fueron una prueba de fuego para la voluntad del Hermano Jules de Jésus y su pequeño equipo. El edificio original, modesto y de piedra, pronto se vio desbordado por la demanda. La educación que ofrecían los Hermanos, metódica, disciplinada y centrada en las necesidades prácticas de una comunidad en transformación, caló hondo en las familias del valle. La rutina diaria comenzaba temprano, con la oración y el estudio, interrumpiendo el silencio del aula solo el chirrido de la tiza sobre las pizarras individuales de los alumnos. Las asignaturas eran fundamentales: lectura, escritura, cálculo, y por supuesto, doctrina cristiana. La escuela creció con la misma rapidez que la industria que la rodeaba. Lo que comenzó con dos aulas se quedó pequeño en apenas un año, obligando a añadir una tercera clase para dar cabida a los 170 alumnos que bajaban desde los montes y aldeas vecinas. Los exámenes públicos en la fiesta de San José se convirtieron en acontecimientos sociales, donde el alcalde distribuía premios en francos ante la mirada orgullosa de las familias.

Al otro lado del río Besaya, las chimeneas de las "Forjas de Buelna" no dejaban de humear y José María Quijano observaba con interés el éxito de la escuela. Él comprendía que el futuro de su empresa dependía no solo de las máquinas, sino de la cualificación y los valores de sus obreros. Esta convicción sembró la semilla de una colaboración vital. La simbiosis entre el colegio y la industria de los Quijano se hacía inquebrantable. José María Quijano, el visionario abogado reconvertido en industrial, fue uno de los que recibió a los Hermanos en la estación. Tras su muerte y la de Doña Felisa, su familia continuó el legado. En 1934, ante las dificultades económicas que atravesaba la fundación original, la empresa "Forjas de Buelna" erigió una nueva escuela de tres aulas dedicada a San José. El destino del colegio estaba ya ligado al metal y al trabajo duro de los más de 3,000 obreros del valle.

Entre Forjas y Pupitres — imagen 2
Entre Forjas y Pupitres — imagen 3
La Forja de la Escuela de Aprendices — imagen 1
Capítulo 4 · 1934–1942
ESTACIÓN 4 1934–1942

La Forja de la Escuela de Aprendices

Capítulo 4

Tras la Guerra Civil, el centro vivió una transformación crucial. En 1943, los Hermanos se trasladaron a su ubicación actual, dejando el antiguo edificio de La Pontanilla a las Hermanas de la Caridad. Fue en este año cuando surgió la emblemática Escuela de Aprendices La Salle, un proyecto vinculado directamente a Trefilerías Quijano (luego Nueva Montaña-Quijano) para formar a los futuros especialistas de la fábrica. No era una simple extensión de las aulas primarias que habíamos visto antes; era un lugar donde la tiza se mezclaba con la grasa de los motores y el calor del metal. Los Hermanos, reconociendo la necesidad de formación técnica para los jóvenes del valle que pronto trabajarían en las naves industriales que se veían por las ventanas en el tercer capítulo, adaptaron su currículo. El centro se convirtió en un motor de movilidad social, ofreciendo a los hijos de los obreros la oportunidad de convertirse en especialistas cualificados. Aquella escuela no solo enseñaba aritmética y religión; allí se forjaban hombres en el manejo del soldador, el torno y la mecánica. Miles de jóvenes de los valles de Iguña, Buelna y Piélagos pasaron por sus talleres, creando una estirpe de técnicos y profesionales que sostendrían la economía de la región durante décadas. El colegio se convirtió en el corazón técnico de Los Corrales, adaptándose a cada ley educativa y a cada necesidad de la empresa, hasta integrar la Formación Profesional reglada en 1976. La Escuela de Aprendices fue un éxito rotundo. Sus aulas y talleres pronto se quedaron pequeños, obligando a los Hermanos a buscar nuevos espacios. En esta época, el nombre del colegio cambió a "San Juan Bautista", en honor al fundador de la orden, simbolizando el compromiso de La Salle con la educación integral, técnica y cristiana. Las generaciones de "quijanos" que se formaron en estas aulas, como técnicos, electricistas y mecánicos, forjaron el desarrollo de Los Corrales de Buelna durante décadas, creando un legado de esfuerzo y profesionalidad que aún perdura.

La Forja de la Escuela de Aprendices — imagen 2
La Forja de la Escuela de Aprendices — imagen 4
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Capítulo 5 · 1943–2015
ESTACIÓN 5 1943–2015

San Juan Bautista, Legado y Futuro

Capítulo 5

El tiempo ha pasado por Los Corrales, pero la estrella de La Salle sigue brillando con fuerza. El modesto centro de 1890 es hoy el Colegio San Juan Bautista, un complejo educativo que acoge a más de 950 alumnos desde los tres años hasta los ciclos formativos superiores. En 2015, el valle se vistió de gala para celebrar su 125 aniversario, con un desfile multitudinario de mil personas y el nombramiento de los tres primeros Hermanos como Hijos Adoptivos de la villa. Hoy, el centro cuenta con unos sesenta profesores, seglares y religiosos, que mantienen vivo el carisma de su fundador en un entorno moderno y bilingüe. Aunque la comunidad religiosa se clausuró hace algunos años, la presencia de nuestro actual director, el Hermano Francisco o el Hermano Germán sigue siendo el "corazón y garantía" de una misión que se niega a envejecer.

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San Juan Bautista, Legado y Futuro — imagen 3
135 años después... aún hoy... — imagen 1
Epílogo · Hoy
ESTACIÓN 6 Hoy

135 años después... aún hoy...

Epílogo

Aún hoy, cuando el sol se pone tras las montañas del Valle de Buelna, el legado de Doña Felisa Campuzano y los tres primeros Hermanos, el Hermano Jules de Jésus, el Hermano Domingo y el Hermano Lamberto, permanece vivo. El Colegio San Juan Bautista sigue siendo un faro de esperanza y educación en el corazón de Los Corrales de Buelna, un testimonio de la visión que unió la tiza y el acero, y la fe y el progreso. El centro ha crecido, adaptándose a las necesidades cambiantes de la sociedad, pero su compromiso con la educación integral, técnica y cristiana sigue inalterable. Las generaciones de jóvenes que han pasado por sus aulas, muchos de ellos descendientes de los obreros que trabajaron en las "Forjas de Buelna" ilustradas en el primer capítulo, continúan forjando el futuro de la región, un legado de esfuerzo, profesionalidad y solidaridad que se niega a envejecer. El Colegio San Juan Bautista es, en esencia, un símbolo de la resiliencia y la dedicación de La Salle en Cantabria, un legado que perdura por generaciones.

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